Llevaba 17 años sin afeitarme al ras.
Barba corta, sí. Recortar, perfilar. Pero al ras, no.
Piel virgen.
O eso pensé.
Fue después de una semana haciendo deporte.
Más agua, más espejo, más tiempo delante de mí.
Me dio por ahí.
Me vine arriba.
Estaba convencido de que me quedaría bien.
Espuma.
Cuchilla nueva.
Agua templada.
La primera pasada bien.
La segunda ya no tanto.
En la tercera empecé a ver una cara que no estaba antes.
No paré.
Al terminar, era una cara que no terminaba de encajar.
Mirara donde mirara.
Me sequé.
Me duché.
Me miré desnudo.
Había alumbrado a otro ser.
Más pequeño.
Más blando.
Más frágil.
Me acerqué más al espejo.
Abrí la boca.
Giré la cara.
Busqué algún gesto conocido.
Había cosas, pero no suficientes.
Salí a la calle evitando el reflejo de los portales.
Jero, el panadero, se me quedó mirando más de lo normal.
No dijo nada.
Eso lo dijo todo.
Padres del cole: no te había conocido.
Compañeros de pilates: pareces otro.
Amigos: estás muy cambiado.
Hice un cálculo rápido.
Un 80% de las personas que me vio pensó que estoy peor.
En ese 80% estamos mi pareja, mi hijo y yo.
Mi pareja tardó 3 segundos en sonreír.
Mi hijo lloró. Luego me miraba de lado.
El otro 20% es mi madre.
- Estás guapísimo.
Lo dijo sin pausa, sin matiz.
Como si no hubiera otra opción.
Me tocó la cara.
Eso no lo hacía antes.
Tuve que volver a configurar el face id del móvil.
Tenía menos barba, más piel.
Demasiado de mí.
No sabría decir si es peor.
Pero eso a mi madre le gusta.
Desde entonces, antes de acostarme me miro al espejo y dudo.
Me saludo.
Dejo la cuchilla a la vista.
No por si me afeito otra vez.
Por si vuelve.