Huevo
- Había escuchado “no hacer ni el huevo”, “tocarse los huevos”, “me chupa un huevo”, “échale huevos”, “manda huevos” y “cuesta un huevo”.
Pero nunca había escuchado “descansar el huevo”.
Hasta aquel viernes en un Blablacar.
Era verano abrasador en Madrid. Atocha el punto de encuentro. Yo era un veterano de la compartición de coche: lo usaba cada fin de semana: viernes Madrid-Alicante, domingo Alicante-Madrid. “El Blablacar lo mueve el amor”, solíamos decir. Y era verdad: la mayoría viajábamos para ver a nuestras parejas.
Aquel día me tocó un Peugeot 307 gris. Cuando llegué saludé a mis compañeros.
- Hola, ¿qué tal? - le dije al conductor, un treintañero que olía a colonia Adidas Sportwear.
- Encantado. - Le dije a una pareja de unos cincuenta, él chileno, ella madrileña.
- ¿Cómo estás? - Le dije a un chaval de veinte años, camiseta de tirantes, piercing en la ceja y peinado militar.
Entonces conté.
Uno, dos, tres, cuatro… y yo cinco.
Mierda.
Un Blablacar de cinco personas era lo peor que te podía pasar. Peor que los que conducen a 180 km/h. Peor que los que paran tres veces. Casi peor que los que van a 80 km/h.
La chica se puso delante, así que me tocó el asiento de en medio de atrás. A mi izquierda, el chileno silencioso. A mi derecha, el chaval de tirantes.
Salimos de Madrid con calor, roce de hombros y media hora parados en la salida de la A-3.
Para romper el hielo empecé con los temas de siempre: que si el Blablacar es la leche, que si todos salimos ganando, que si las series ahora son mejores que el cine, que si la autovía está en mal estado, que si los políticos son todos iguales.
La conversación fue cogiendo ritmo. Todos hablaban menos el chileno. Pero el que realmente me tenía fascinado era el chaval de tirantes. Contaba alegremente que su padre era policía y que la pensión que recibía por un balazo en la pierna se la daba íntegra a él. Con eso y con algún trabajillo vivía en Madrid con su novia.
Y entonces apareció la expresión.
- Si queréis parar para ir al baño me lo decís - dijo el conductor.
- Ah, pues sí. Así me fumo un cigarrico y descanso el huevo.
Me hizo mucha gracia.
Al rato volvió a usarla.
- He venido andando y como me sobraba tiempo me he metido en el Retiro a descansar el huevo.
Me encantaba la expresión. Empaticé con ella inmediatamente. La metáfora era perfecta: vamos por la vida con un huevo encima. Si corres demasiado o no tienes cuidado, el huevo se rompe. Y no es bueno que el huevo se rompa. Hay que pararse de vez en cuando y descansarlo.
El chico demostraba su maestría usando esa filosófica exprtesión.
- Fui a hacer una entrevista, pero enseguida vi que en ese trabajo no se podía descansar el huevo, así que dije que no.
Todo encajaba hasta que la utilizó en una frase que no tenía ningún sentido.
- No puedo ir al cine porque no descanso el huevo.
No lo entendía. Ir al cine me parecía una de las mejores maneras de descansar el huevo. Así que le pregunté.
- Vaya expresiones más raras tenéis en Torrevieja, ¿no? No pillo eso de “descansar el huevo”.
- No, no. No es una expresión.
Me quedé desconcertado.
- Lo que pasa es que tengo paperas en los huevos. Los tengo así.
Y abrió las manos como si rodeara una sandía.
- Los tengo hinchados como un caballo. Me rozan con el pantalón y veo las estrellas.
Pum.
Se acababa de romper la magia.
El conductor intervino:
- No sabía que las paperas podían tenerse en los huevos.
Yo tampoco, empecé a sudar.
- Sí, sí, y es contagioso. Por la saliva. Si te paso un porro, si bebes de mi cubata o si hablo y te cae una gota en la boca, te puedo contagiar.
No podía creérmelo.
Llevaba tres horas y media hombro con hombro con un chaval que no solo acababa de cargarse una preciosa metáfora, sino que además podía contagiarme paperas.
En los huevos.
Huevos como los de un caballo.
No pude contenerme:
- ¿Tienes una enfermedad contagiosa y te metes en un coche con cinco personas durante cuatro horas?
Mi tono ya no era el del veterano que normaliza la situación.
Estaba histérico.
- No, no, tranquilo. El contagio es sobre todo en las dos primeras semanas. Llevo tres. Ahora es muy difícil.
Me separé tres centímetros de su hombro y me puse a buscar en el móvil.
Sí: las paperas podían afectar a los testículos.Sí: era contagioso.Y sí: las fotos eran bastante parecidas a las de un caballo.
Cuando vi el primer cartel de la salida a Elche pedí que me dejaran en la primera gasolinera.
Estaba a más de una hora andando del pueblo, pero me daba igual.
Paró el coche.
Me bajé.
Caminé unos metros.
Y descansé el huevo.
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