Kayak
- Vamos a alquilar un kayak.
Fue su idea para arreglar unas vacaciones en Menorca. Y una relación venida a menos.
Pagué la hora como quien compra papeletas de una rifa escolar.
Una hora.
Un kayak.
Una chica con alergia al agua salada.
Un chico con alergia al deporte.
¿Qué podría salir mal?
Salimos. A los veinte minutos estábamos discutiendo en mitad del mar. Primero por el rumbo: la barca tendía a irse hacia el océano. Después por mi tendencia a “arruinar cualquier plan”.
Pasó una hora.
Estábamos a 100 metros de la orilla. No avanzábamos. No retrocedíamos. Ella llevaba la toalla en la cara para evitar el salitre. Yo ya había gastado 200 ml. de protección 50.
Silencio.
Pasó otra hora.
Seguíamos a cien metros de la orilla. Yo fantaseaba con chocarnos con el yate de un futbolista brasileño.
Una hora más.
Empecé a sospechar que vivíamos allí. A cien metros de la orilla. Con 38 grados ya no la escuchaba, aunque la tuviera en la nuca.
- Lo arruinas todo…
Y entonces, se me ocurrió una idea digna de premio nobel.
- ¿Me odias verdad? ¡¡Pues usa tu odio para remar!!
Al principio me miró desconcertada.
- ¡Ódiame! ¡Rema! ¡Odia! ¡Rema!
El kayak empezó a tomar velocidad de crucero. Parecíamos una narco-lancha.
O nos salvábamos o llegábamos a Italia.
Nos salvamos.
El dueño nos vio las caras y no se atrevió a pedirnos recargo. Al bajar, ella me abrazó como hacía años que no lo hacía. Sería la insolación.
Desde entonces nuestra relación ha ido como la seda.
Eso sí, bajo la condición de que nunca le contara este episodio a nadie.
¿Te gusta? Suscríbete para más mandanga.
Una vez a la semana te mandaré un relato en exclusiva. O una idea. O algo. Lo que está claro es que a los suscriptores hay que cuidarlos. ¿Sí o qué?