3 min read

Paquete

Paquete

Hoy me llega un paquete.

No pienso moverme de casa.

Llevo tres días pensando en él más de lo que he pensado en algunas personas importantes de mi vida. Me sé su recorrido. Sé que salió de un almacén de Taiwán. Que llegó a España hace dos días. Que me llegará hoy entre las 10 y las 20 horas.

Lo compré en veinte segundos. Pero ahora mismo ocupa bastante más espacio en mi cabeza que en la caja en la que viene.

Antes ibas a una tienda, comprabas algo y se acababa. Había un gesto físico, un intercambio, un cierre. Ahora no. Ahora compras algo y se abre una especie de relación interdimensional entre una caja de cartón que flota en el multiverso y tú que estás aplastado en el sofá.

Aquí estoy. En el sofá.

Esperando.

Los repartidores siempre se las apañan para llegar cuando no estás. Luego te toca recogerlo en una panadería y comprar por vergüenza una barra que no te vas a comer. 

O lo que es peor: te la comes entera.

Hoy no va a ser ese día.

Hoy estoy preparado.

Me he cogido el día libre.

No lo he dicho así en el trabajo, claro. No he dicho “me cojo el día porque llega un paquete”. He dicho “tengo unas cosas personales que atender”.

Pero debería de estar estipulado: días libres para recepcionar paquetes.

Voy en chándal.

Estoy alerta.

Vigilando una puerta, pendiente de un hombre que no conozco pero del que depende mi felicidad a corto plazo.

La idea, en teoría, era aprovechar el día.

He hecho incluso una pequeña lista mental de persona que cree que todavía puede reconducir su vida: leer un rato, escribir algo, ordenar las libretas del instituto… 

Pero hay un problema.

No puedes aprovechar el tiempo mientras esperas un paquete. Porque el paquete convierte el tiempo en otra cosa.

No es tiempo libre.

Es tiempo vigilado.

Tiempo en suspensión.

Tiempo que no puedes habitar del todo porque en cualquier momento puede sonar el timbre y tienes que estar listo, en posición, como si fueras tú el que va a ser entregado.

Es como meditar, pero mal.

Abro el seguimiento.

“Su pedido está en reparto.”

Actualizo.

Sigue en reparto.

Actualizo otra vez.

Ahora aparece un mapa.

Un puntito azul soy yo.

Un puntito rojo es la furgoneta.

Está a nueve paradas.

Me parece mucho.

Nueve paradas son demasiadas oportunidades para que algo se tuerza: un atasco, un tsunami, un...

Actualizo.

Ocho paradas.

Actualizo.

Siete.

Apago la tele. Apago la lavadora. No quiero ningún sonido que pueda distraerme de escuchar el timbre. 

Cinco paradas.

Esto ya empieza a ser serio.

Actualizo.

Cuatro.

La furgoneta se mueve bastante rápido.

Demasiado rápido para mi gusto.

Empiezo a sospechar que no está parando en todas las paradas. Que hay algo irregular. Que quizá solo pasa por delante de los portales, hace un gesto mínimo, suficiente para poder marcar algo en el sistema y seguir.

Actualizo.

Tres paradas.

Pienso en las otras dos personas que están antes que yo. Intento imaginarlas. Uno seguro que no está. Seguro. Ese es el típico que luego se queja pero no hace nada por estar en casa. El otro… el otro igual sí está. Tenso como yo. Esperando. Mirando el puntito rojo.

Actualizo.

Dos paradas.

Me acerco a la puerta.

No la abro aún.

Pero me acerco.

Actualizo.

Una parada.

Abro la puerta. Por si llaman flojo.

Me quedo de pie.

Escucho.

Nada.

Actualizo.

Nada.

Refresco otra vez.

“Intento de entrega fallido.”

“No había nadie en casa.”

Miro alrededor.

Estoy en casa.

Estoy tan en casa que ni siquiera me he quitado las zapatillas.

Ni siquiera he ido al baño.

Refresco.

Sigue poniendo lo mismo.

“No había nadie en casa.”

Miro el telefonillo.

Nadie ha llamado.

Miro el móvil.

Nadie ha llamado.

Bajo las escaleras maldiciendo.

Veo la furgoneta azul marino que me sonríe mientras se aleja.

Maldigo.

Levanto la mano.

    • ¡Eh!

Corro.

    • Soy Noel, el del paquete.

Dobla la esquina.

Maldigo.

Esprinto.

Jero el panadero me mira. Luego le contará a todo el barrio que he salido a correr en zapatillas de estar por casa.

La he perdido.

La furgoneta ha desaparecido como si nunca hubiera existido, como si todo esto fuera un simulacro diseñado para comprobar hasta qué punto estoy dispuesto a implicarme emocionalmente con un objeto de 14,90€.

Vuelvo caminando hacia mi casa.

Derrotado.

Saco el móvil.

Refresco.

Aparece una nueva notificación.

“Segundo intento de entrega fallido.”

“No hay nadie en casa”

Abro la puerta.

Subo las escaleras.

Entro.

No hay nadie en casa.

¿Te gusta? Suscríbete para más mandanga.

Una vez a la semana te mandaré un relato en exclusiva. O una idea. O algo. Lo que está claro es que a los suscriptores hay que cuidarlos. ¿Sí o qué?

✓ ¡Email enviado! Revisa tu bandeja de entrada.

Algo salió mal. Inténtalo de nuevo.