Llegué a pilates, puse la toalla en la máquina y miré de reojo.
No estaba.
El chico fuerte. El que empezaba antes. El que no dudaba. Robocop, se había cambiado de sitio.
En su sitio había una señora mayor que cuando tocaba subir brazos, bajaba las piernas. Cuando había que abrir carro, lo cerraba.
Me sentó mal.
No por ella. Por mí.
De repente yo era mejor sin haber mejorado.
El primer ejercicio lo hice mirando al frente. Tardé medio segundo más en empezar.
Ella me miraba. Esperaba a que yo empezara y después hacía algo parecido.
Me sentó peor.
No quería que me mirara. Todavía no.
En el segundo ejercicio corregí la espalda. Un poco más de lo normal. Marqué los brazos. Bajé más despacio. Hice una pausa donde no hacía falta para que se viera.
Entonces pensé en él.
En cómo levantaba los brazos. En la agresividad de sus movimientos. En la competición que se veía en sus ojos. Como si le molestara que yo quisera aprender.
Intenté no hacer lo mismo.
Bajé el ritmo. Suavicé los movimientos. Aflojé el abdomen.
Lo bastante para que ella pudiera seguirme.
Entre ejercicio y ejercicio, comprobaba si me miraba.
A veces sí.
A veces no.
Yo seguía intentando ayudarla. Movimientos lentos. Suaves. Marcando.
Al terminar, recogió sus cosas y me sonrió tímidamente.
Me sentí bien.
Hoy he llegado antes.
He colocado mi toalla en mi sitio.
La máquina de al lado estaba libre.
Ella se ha acercado. Me ha mirado.
Y cuando ha pasado por mi lado ha hecho un gesto mínimo con la cabeza.
Como diciendo que no.
Ha colocado su toalla tres máquinas más allá.
Junto a Robocop.