Bici
Odié a mi novia.
Fueron cuatro o cinco segundos, pero la odié con todas mis ganas. No fue un enfado ni una molestia pasajera. Fue algo más físico, más inmediato, como cuando te quemas y apartas la mano antes incluso de entender qué ha pasado.
Estábamos en Inglaterra. Mi novia vivía allí para aprender inglés. Todo era precioso: el pueblo, el restaurante, la casa. Salvo la casera. Setentona, acento cerrado, normas escritas a mano por toda la casa. Una de ellas: ningún novio podía entrar.
Mientras mi novia trabajaba yo paseaba, leía, hacía fotos malas con una cámara cara. Pero ese sábado llovía. Y mi chica se apiadó de mí:
- Vete a casa, estarás mejor que en el bed & breakfast. La casera no está.
Suspiré. La idea era perfecta: tumbarme en la cama, ver el Elche - Real Sociedad y dejar pasar las horas hasta recogerla.
Me dejó su bici. Ruedas deshinchadas. Cestita delante.
Aparqué en el porche y me quité los zapatos. Porque quitarse los zapatos era otra de las normas y, por alguna razón, con saltarme una ya sentía que había alcanzado mi límite.
Abrí la puerta.
Y empezó a sonar la alarma.
Allí estaba yo: descalzo, dentro de una casa en la que no podía estar, con una alarma resonando por todo el barrio.
Primer plan:
Irme. Ponerme los zapatos. Coger la bici. Desaparecer.
Lo intenté. Duré quince segundos. Un español huyendo en una bici rosa con cestita y ruedas deshinchadas no llega muy lejos. Se me salió la cadena. Volví andando.
Segundo plan:
No hacer nada. Confiar en que el tiempo, por alguna razón, solucionaría aquello.
Subí las escaleras, me metí en la cama y esperé. Pensé en quién vendría primero: la policía, la casera o un vecino con un hacha. Con cualquiera de las opciones tenía claro el desenlace: rodillas al suelo y pedir clemencia.
Duré un minuto. La alarma dentro no era un sonido. Era una presión infernal, como si alguien estuviera empujando desde dentro de la cabeza.
Tercer plan:
Llamar a mi novia.
Bajé, me puse los zapatos y me alejé unos metros para poder pensar. Llamé una vez. Dos. Diez. Nada.
Cuarto plan:
Llamar a mi madre.
Lo cogió a la primera. Siempre lo coge a la primera. Le expliqué la situación gritando, con la alarma atravesándolo todo. Hubo una pausa. Tranquila, como si le estuviera preguntando qué hacer para cenar. Luego:
- Llama al restaurante.
Claro. Gracias, mamá.
Lo que vino después fue un laberinto burocrático hablando en inglés. Cada transferencia te devolvía al principio.
Comercial. Atención al cliente. Recepción. Restaurante.
- Please, is an emergency. Cristina is my girlfriend. I need her. Emergency big. Please.
Silencio al otro lado. Luego, musiquita de espera. Junto a la alarma de fondo sentí que estaba en una discoteca techno de Brick Lane.
- Please, is an emergency.
Uiiiiiooo uuuuuuoiiiiiooooo.
- Please, Cristina is my girlfriend.
Uiiiiiooo uuuuuuoiiiiiooooo.
Hasta que, de repente:
- ¿Hello? — ella. Feliz. Tranquila.
Entré corriendo. Móvil en una mano. Zapatos en la otra.
Tropecé.
Rodé.
Buena moqueta.
Me planté delante del panel.
- Hello, can you… — empecé — …¡¡decirme el número de la alarma que no me has dicho que había!! …please.
- 4749
- Error.
- Espera… 4743.
- Error.
- Queda un intento.
Podía verla perfectamente. En la entrada del restaurante, moviendo el dedo en el aire como si tuviera el panel delante. No se sabía el número. Se sabía el gesto.
- 4739.
Silencio.
La alarma paró. Durante cinco segundos la odié. Luego se me pasó.
Subí a la habitación. Me metí en la cama.
No hablo tan mal inglés.
Por fin, encendí el iPad.
Elche - Real Sociedad.
“Este partido no está disponible en tu región.”
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