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Zapatillas

Zapatillas

Vivo en la casa de mi suegro.

No pagamos alquiler. Nos trae tomates del huerto, nos cuida al niño, nos hace la renta.

Es majísimo.

A cambio solo pidió una cosa: que mantuviéramos sus zapatillas de estar por casa Claro. Cómo le dices que no, a una persona tan maja.

Se las hemos mantenido en la entrada. Siempre en el mismo sitio. Su sitio.
Son de tela. Grises. Con la suela desgastada justo debajo del talón. Tienen esa forma que solo tienen las zapatillas de alguien que las usa de verdad.

Al principio no significaban nada. Un objeto más. Pero un día, las pillé mirándome cuando salí de la ducha. De arriba abajo.

Me quedé un segundo en shock.

No sabría decir por qué.

Desde entonces no puedo no verlas.

Paso por delante.
Están.
Me agacho.
Están.
Critico a mi pareja por teléfono.
Están.

No hacen nada.

Pero están.

El día que viene mi suegro se las pone despacio. Mete el pie, luego el otro, mueve los deditos dentro y sonríe.

    • Esto es gloria - dice.

Luego nos mira y añade:

    • No sabéis lo que os agradezco esto.

Yo asiento.

Él es majísimo.
Yo también debería serlo.
Ellas no.

Las miro.
Se ríen de mí.

El otro día vino un amigo. Se quedó en la entrada.

    • ¿Y éstas?

Dije rápido:

    • De mi suegro.

Asintió.
No dijo nada más.
Pero las volvió a mirar antes de pasar.

Yo también.
Y ellas a mí.

He intentado no mirarlas.
No funciona.

Así que empecé a joderlas.
Moverlas.
Girar una.
Separarlas más.
Ponerlas contra la pared.

Nada.

Encima ahora me sé su tacto.
Y su olor.

Siguen marcando territorio.

Hay días que llego a casa y dudo un segundo.
Y toco el timbre. Con la llave en la mano.

Ayer las metí en una bolsa.
Salí.
Un contenedor.
Las solté.
Cerré la tapa.
Volví andando.

Tranquilo, subí a casa. Abrí la puerta. No estaban. Había un hueco en la entrada.

Y otro en mí: había traicionado a una persona majísima.

Me quedé de pie un rato.
Bajé.
Abrí el contenedor. Aparté bolsas del Mcdonalds. 
Las encontré. 
Las limpié. 
Subí. Y las dejé en su sitio.
Más rectas que nunca.

Descansé.
Con un Orfidal, vale, pero descansé.

Esta mañana he salido de la ducha. Me he parado delante de ellas. Nos hemos mirado. Al principio ha sido difícil.

Son muy intensas. Pero he aguantado.

Me he sentado.

He cogido una.
He metido el pie.
Luego el otro.

Encajan.

He movido los deditos.

Esto es gloria.

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