Coca Cola
No estoy bebiendo cerveza.
No es una decisión moral. Ni de salud. Ni siquiera de edad. Es más bien que no quiero beber. Punto.
¿Tan raro es?
Sí. Lo es.
Pero el problema no soy yo, es la bebida.
El problema es que no hay sustituto.
No digo uno perfecto. Digo uno funcional. Algo que puedas pedir sin pensarlo mucho. Que no dé explicaciones. Que no te obligue a justificarte.
Coca-Cola no vale.
Una, sí.
Dos, ya es raro.
Tres es un problema.
Cuatro es pedir ayuda.
La sin alcohol tampoco.
Sabe a castigo.
A estar cumpliendo algo que no sabes muy bien quién te ha puesto.
Te la bebes, sí.
Incluso la primera te auto engañas.
Parece que sí.
Pero no.
Fanta, Sprite… no.
Eso es otra cosa.
Eso pertenece a otro momento de la vida que ya no está disponible.
Pedir una Fanta en una terraza a las ocho de la tarde es como reconocer algo en voz alta.
Bitter Kas lo intenté.
Dos veces.
La primera pensé que era cuestión de acostumbrarse.
La segunda ya supe que no.
No es para mí.
¿Aquarius? No estoy enfermo, por favor.
Estoy perfectamente.
Solo quiero estar ahí. Con los demás. Pidiendo rondas. Siguiendo el ritmo. Sin tener que pensar en qué estoy bebiendo.
El agua sí. Aparte. Pero no para el papel protagonista. Te hace otra película.
El mosto, uno.
Dos ya es incómodo.
Tres insulina.
Lo que me sorprende es que nadie lo haya solucionado. De verdad, no puede ser tan difícil. Que alguien coja ChatGPT y le dedique un rato.
Aquí le dejo el prompt:
“Inventa una bebida sin alcohol que te permita beber varias rondas seguidas. Que sea refrescante en verano. Pero que también te apetezca en invierno. Con sabor adulto, que no pueda compartirla con mi hijo. Que no sea dulce pero tampoco amarga del todo. Que no te deje la boca rara después. Que no tengas que aprender a beberla.
Que puedas pedirla sin pensar. Sin mirar la carta dos veces. Sin ensayar la frase antes de decirla.
Que el camarero no repregunte. Que no haya ese segundo de silencio.
Que no tenga nombre gracioso. Que no tenga diminutivos. Que no lleve fruta flotando. Que no venga con cosas clavadas.
Que no invite a conversación sobre la bebida. Que nadie diga “yo probé una una vez…”. Que no haya anécdota. Que ocupe el sitio justo.
Que te dé algo que hacer con las manos sin que parezca que lo necesitas. Que puedas dejarla en la mesa sin pensar qué haces con las manos después.
Que te permita mirar, escuchar, entrar y salir de la conversación sin que se note.
Que te transfiera la imagen de persona que aprecia la vida, que aprovecha este momento concreto, que quiere estar aquí y ahora con las personas que le rodean.
De persona que no se quiere aislar.
De persona con ganas de contar algo interesante como que las hormigas reinas viven 15 años. O de dar un consejo a un amigo que lo está pasando mal.
Alguien que no quiere ser más que el de enfrente. Pero quiere ser.
Que no quiera la pena ni condescendencia de los demás. Que no quiera ser señalado. Que no tenga que explicarse.
Alguien tranquilo, calmado. Pero con la capacidad de decir algo con chispa en un momento dado.
Que cuando se vayan a casa piensen: me lo he pasado bien con él. Que no piensen: pobrecito no está bien". O peor aún: vaya coñazo de tío.”
De momento aquí estoy.
Pensando en una cervecita. Su espuma. Su primer trago. Su ”sabes que todas las hormigas de la tierra pesan lo mismo que todos los humanos”…
Mientras me bebo una Coca-Cola.
¿Te gusta? Suscríbete para más mandanga.
Una vez a la semana te mandaré un relato en exclusiva. O una idea. O algo. Lo que está claro es que a los suscriptores hay que cuidarlos. ¿Sí o qué?