Máquina
Hoy tengo pilates máquina.
Así que hoy no voy a escribir. Ni relato, ni diario. Nada.
Podría escribir ahora.
Abro el documento. Escribo “Pilates”. Lo dejo. Queda una hora y veinte. No es poco. Pero no sirve.
Me escribe un amigo:
- ¿Cerveza luego?
- Hoy no puedo.
- ¿Qué te pasa?
- Tengo pilates
- ¿Y?
- Si hay pilates no hay cerveza.
- Estás fatal.
Intento escribir una frase. La escribo. La dejo ahí. No la toco. No puedo escribir antes de pilates.
Después tampoco.
Llego diez minutos antes. Me gusta llegar antes. Mentalizarme.
La sala huele a pureza. Coloco la toalla siempre en la misma máquina. Al fondo a la izquierda.
No es importante. Pero no la pongo en otro sitio.
“Empezamos con el running 1-2”.
“Pies al techo”.
“Punta en flex”.
La mujer de mi derecha podría ser mi madre.
No tiembla. No llega tarde a ninguna postura. Yo voy entrando.
Glúteo medio.
Poner las piernas a 90 ya me cuesta. Subirlas al techo una odisea.
Me quedo a medio camino.
Tembleque.
Carles, el profesor, no me corrige. Aprecia mi esfuerzo.
Cambio de lado.
Este es peor.
Piernas arriba. "Ahora el ciervo". Lo mío es más cabra.
Podría no haber venido. Podría estar en casa. Sentado. Escribiendo algo decente. No pasaría nada. Eso es lo que más me preocupa.
“Un poco más”.
No me quedan más pocos.
Aguanto. Termina.
Nadie se levanta rápido. Me siento un momento antes de irme.
Salgo. Estoy normal. No mejor. Normal. Ahora sí podría escribir.
No escribo.
No sé exactamente qué estoy haciendo.
Pero llevo semanas viniendo a pilates.
Y desde entonces, más o menos, escribo.
Hoy no.
Hoy tenía pilates máquina.
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