2 min read

Entrecot

Entrecot

El camarero me suena. No sé de qué.

Al principio lo dejo pasar, pero vuelvo a mirarlo. Está atendiendo a otra mesa. Levanta la vista. Me mira.

Entramos, se sienta mi jefe, me siento yo. No estoy nervioso. Es una comida normal. Mi jefe, de hecho, es normal.

Él habla de algo que viene de antes, como si yo ya supiera por dónde va. Asiento. No lo sé. Yo estoy mirando al camarero.

Se acerca:

    • ¿Lo sabemos por aquí?

Pido a bote pronto. Siento presión. Seguro que nos conocemos. Seguro que de algo malo.

    • Entrecot mismo.

El camarero apunta en su libreta mirándome a mi. Si es, es de hace mucho tiempo, pero esas cosas no se olvidan.

No del todo.

Trae los platos. Deja el mío. Se queda un segundo.

    • Qué buena pinta - dice mi jefe.

Ya está cortando el suyo. Sin esperar. Sopla un poco antes de pinchar, por costumbre. Mastica despacio. Asiente para sí mismo.

Cojo el tenedor.
Pincho un trozo.
Lo levanto.
Lo dejo.
No me fío.

    • ¿Qué tal? - dice.
    • Mucho lío, como siempre, pero bien.
    • La carne, digo.
    • Ah, bien, sí, bien.

No la he probado.

No puedo comer.
No puedo no comer.

Levanto la vista.
Está en la barra.

Corto un trozo.
Lo muevo.
Lo dejo en el borde.
Luego otro.

El plato empieza a parecer usado.

Mi jefe sigue comiendo. El camarero sigue mirándome.

    • ¿Y esto? - dice señalando las patatas de mi plato.
    • Bien, bien.

Mal. Mal.

Seguro.
No sé de qué me suena.
Pero me suena lo suficiente.

El camarero pasa por detrás.

Mira fuerte.

    • ¿Me dejas que lo pruebe? - mi jefe, es demasiado normal.

Lo miro.

    • Claro.

Retiro un poco el plato.

    • Espera, que quema.

Cambio los trozos de sitio.
Como si eso los inmunizase.

    • Ahora.

Pincha.

Estoy a punto de avisarle... pero de qué.

Se lo come.
Mastica.
Asiente.

    • Está bueno.

Ojos que no ven...

El plato sigue lleno. No puedo seguir así.

Miro la servilleta.
La dejo.
El bolsillo.
Obvio.

Corto rápido.

Dos.

Tres.

Pequeños.

Bajo la mano.
Subo un poco el pantalón.
El calcetín cede.
Uno entra mal.

    • Mañana juega el Atleti - digo para disimular mi misión- .

Empujo.
Bajo otro trozo.
Camal derecho.
Busco hueco.
Entra.

El tejido ya no está seco.

    • ¿Estás bien? - pregunta mi jefe ante mi trajín cruzando y descruzando piernas.

Cuando aparta la mirada bajo el tercer trozo.

Se aplasta.
Se queda pegado.

El plato ya no llama la atención. Pagamos. Salimos.

Aire. Por fin.

Doy un paso.
Chof.

De frente viene un perro. Grande. Un rottweiler. No ladra. Se acerca. Directo. Me mira.

Sigo andando. Ahora sí lo noto. El calor.
Algo que baja despacio por el tobillo.

El perro empieza a gruñir.

Mi jefe ya no habla.
El perro se planta delante.
Y ladra.
Fuerte.

Doy un paso.

Chof.

El perro responde.
Más.

Muevo el pie dentro del zapato.
Mi jefe da un paso atrás.
Ya no mira al perro.
Me mira a mí.

Ahora caigo.

El camarero.

No era él.

El perro ladra.
Sigo andando.

Chof.

¿Te gusta? Suscríbete para más mandanga.

Una vez a la semana te mandaré un relato en exclusiva. O una idea. O algo. Lo que está claro es que a los suscriptores hay que cuidarlos. ¿Sí o qué?

✓ ¡Email enviado! Revisa tu bandeja de entrada.

Algo salió mal. Inténtalo de nuevo.