Pan
Todos los días me cruzo con el mismo hombre.
No lo conozco.
Bueno, sí.
Sé cómo se llama. A qué se dedica. Que compra barra de pan, siempre la misma, ni muy hecha ni muy blanca. Que se toma el café americano largo, sin azúcar. Sé que ahora está soltero, pero que estuvo en pareja más de quince años. Sé incluso en qué momento lo dejó: empezó a ir al río a correr y a ponerse vaqueros más apretados.
Pero no lo conozco.
Es un vecino del barrio. Vive a dos calles. Lo veo todos los días.
Hace 30 años nos cruzamos y no nos saludamos. Desde entonces, así seguimos. No hay mal rollo. Es simplemente que no nos conocemos.
Bueno.
Sí.
Pero no.
Es incómoda la situación porque encima tenemos los mismos biorritmos.
Bajamos la basura al mismo tiempo. Coincidimos cuando nos da antojo de comprar yogur griego y chocolate 70% sin azúcar. Me lo cruzo en la cafetería. Se toma un americano con sacarina y siempre gira la taza hasta tener el asa en la mano izquierda.
Nos cruzamos. Nos miramos. Nos reconocemos. Pensamos "otra vez tú”. Bajamos la mirada. Cambiamos de acera. Nos volvemos a cruzar.
Y lo jodido es que no solo pasa en el barrio.
¿Voy a un restaurante de paellas en Carrús? Está en la mesa de al lado.
¿Me doy un paseo por el puerto de Santa Pola? Aparece en un barco.
¿Me voy con los padres y madres del cole a la sierra de Petrer?
Ahí está. En el merendero. Dos mesas más allá.
En Madrid no me pasaba.
Y eso que había más gente.
Ahora sé algo más. Tenemos un amigo en común. Normal, aunque tenga más de doscientos mil habitantes, Elche es un pueblo. No sé cuándo va a pasar, pero va a pasar. Una cerveza. Un cumpleaños. Algo. Algún día vamos a estar los tres. Y ese día nos vamos a tener que saludar.
A veces, ensayo:
Hacerme el sorprendido.
- Hostia, sí que me suenas.
Ser sincero.
- Cada vez que te veía lo pasaba mal.
Pasarme de rosca.
- ¿Qué te costó el parqué que te pusiste hace 2 años?
Ninguna me sirve. Luego lo tengo delante y hago lo de siempre. Nada.
Aunque una vez estuvimos cerca. El día de la panadería.
Yo estaba delante, él detrás. Los dos disimulando como si no supiéramos lo que iba a pedir el otro. Me toca.
- Hola, una barra integral de espelta.
- 1,45€
- Con tarjeta.
Pasé el móvil, no funcionó.
- A ver... qué raro. Otra vez.
- Ahora - dijo acercando el datáfono.
Pipipipi. Error.
- Pues con efectivo. 1 euro por aquí, 5 céntimos, 20...
Tenía un euro con 25 céntimos. Me rebuscaba por todos lados, pero nada.
Detrás de mí estaba él. El panadero delante.
Nadie dijo nada.
Entonces lo oí.
Monedas moviéndose detrás de mí.
Muy leve.
No me giré.
Esperé un segundo más de lo normal.
Y justo ahí renuncié.
Dejé la barra integral en el mostrador.
- Mejor dame una barra blanca.
Más barata.
El panadero se cobró.
Asentí.
Me fui.
Desde entonces, como pan blanco.
Desde entonces, seguimos sin saludarnos.
Viéndonos cada día.
En cualquier situación.
Pero ya no es exactamente igual.
Yo he engordado.
¿Te gusta? Suscríbete para más mandanga.
Una vez a la semana te mandaré un relato en exclusiva. O una idea. O algo. Lo que está claro es que a los suscriptores hay que cuidarlos. ¿Sí o qué?