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Tijeras

Tijeras

Mi peluquero no me habla.

Por eso es mi peluquero.

Lo único que me pregunta cada vez que voy es si me corta a tijera o a maquinilla.

    • A tijeras, como siempre.

Catorce años llevo yendo. Aún no se lo sabe, pero le perdono porque no me habla.

Chac.

Chac.

Chac.

Es lo único que se escucha.

Las peluquerías me agobian. ¿Cómo aguanta tanto tiempo la gente mirándose?

Yo me miro.
Soy yo.
Si sigo, ya no tanto.
Hay pocas escapatorias. No sé dónde poner los ojos.

Si lo miro a él, parece que estoy contando los fallos.
Cada chac.
Cada mechón que cae.

Si miro arriba parezco altivo.

Al final, abajo.
Las manos.
El suelo.
Los pelos.
Eso sí lo aguanto. Lo aguantamos.

Su peluquería está en una calle mínima de Elche. Solo entra quien va a algo.

No hay nadie.
Un sillón. Un espejo. Un peluquero.

Chac.

Chac.

Chac.

No sé nada de él.
A veces me lo imagino con otro. Alguien que necesita hablar. De política. Del trabajo. Alguien que se aguanta la mirada.

Y él ahí. Asintiendo. Con el silencio exacto.

Chac.

Termina. Me sacude los pelos del cuello. Me levanto.

    • Perfecto.

Digo refiriéndome a su silencio más que a mi corte.

Pago. Salgo.

Noto que no me mira.

No hay nadie en la calle.

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